En la novela ‘Fahrenheit 451’ de Ray Bradbury, se quemaban libros porque estos objetos contenían conocimientos que hacían pensar a quienes los leían. Y eso perjudicaba al sistema o nuevo orden.
En la década de los años treinta del siglo veinte, en tiempos de la República en España, se quemaban iglesias. De esta forma se quería erradicar la religión, siguiendo la consigna marxista de “la religión es el opio del pueblo”. Una República católica era inconcebible para sus fines de modernizar el país. La Constitución Republicana española instauraba el Estado laico y, en aquellos incendiarios actos se proponían llevar al extremo la disolución de cualquier manifestación religiosa: el ateísmo absoluto. No obstante, la respuesta de los religiosos no tardó en llegar; quizá por instinto de supervivencia, pero lo cierto es que respondieron con la misma moneda a sus opresores y contraatacaron. Claro, de manera ínfima cuantitativamente, si lo comparamos con los alborotadores.
El caos en tiempos de la República española era total. El 6 de Octubre de 1934 Lluís Companys, presidente de la Generalitat de Cataluña, declara el ‘Estado catalán’, dentro de la República española. Es decir, un paso previo a la independencia del Estado. Un día antes, el 5 de Octubre de ese mismo año, en Oviedo, Asturias, se proclamaba la República Socialista Asturiana, que contaba con treinta mil mineros que disponían de armas y dinamita. Incluso, en la ciudad de Mieres, los revolucionarios consideraron una marcha sobre Madrid, pero finalmente no se llevó a cabo. Ambas regiones insurgentes, la catalana y la asturiana, fueron posteriormente aplacadas por el ejército republicano.