La peripecia de esta novela comienza cuando quien quiera disponer de ella tenga que entrar físicamente en los territorios donde transcurre, tenga que pasear esos espacios, ir a la única librería que ha podido disponer de ella en León y escuchar del librero, que el editor de la misma, le proporciona los ejemplares a cuentagotas; se dispondrá entonces, como fue el caso, a pedir ayuda al más avezado buscador de joyas librescas e iniciar la pesquisa por el barrio de Santa Ana, en una tienda de viejo donde en su momento se hizo la presentación del libro. Así fue nuestra busca, que nos llevó por un par de bares y unas cuatro tiendas más, y que no dio el fruto deseado, pues acabé por leerla en formato digital.
Nunca hemos vivido más pegados al mundo inmaterial. Muchas de nuestras lecturas cotidianas carecen de soporte físico; pero, salvo en épocas de prohibición y censura, el contacto físico se limitaba a ir a una librería y llevarse el libro para casa; jamás a estas pesquisas, a estas dilaciones, a estas mojaduras impropias del mes de marzo, para luego conformarse a esa ‘nube del no saber’.
Nunca hemos vivido más pegados al mundo inmaterial. Muchas de nuestras lecturas cotidianas carecen de soporte físico; pero, salvo en épocas de prohibición y censura, el contacto físico se limitaba a ir a una librería y llevarse el libro para casa; jamás a estas pesquisas, a estas dilaciones, a estas mojaduras impropias del mes de marzo, para luego conformarse a esa ‘nube del no saber’.
